
– Le dije que regresaría hoy. No pensaba encontrarlo en su despacho en sábado.
– Tengo mucho trabajo. La fecha del juicio es el 8 de setiembre.
– Sí, lo leí.
– Necesito revisar el testimonio con usted para que lo tenga fresco en la memoria.
– Nunca dejó de estar allí -dijo Elizabeth.
– Lo entiendo. Pero tenemos que discutir el tipo de preguntas que el abogado defensor le hará. Le sugiero que venga a verme el lunes, estaremos algunas horas y después podremos volver a reunirnos el próximo viernes. ¿Estará por aquí esta semana?
– Me voy mañana por la mañana -le informó Elizabeth-. ¿No podemos dejarlo todo para el viernes?
Se sintió desalentada por la respuesta.
– Preferiría que nos reuniéramos antes. Son apenas las tres. Podría tomar un taxi y estar aquí dentro de quince minutos.
Sin mucho entusiasmo, aceptó. Miró la carta de Sammy y decidió leerla a su regreso. Por lo menos, tendría algo que esperar. Se dio una ducha rápida, se recogió el cabello y se puso un traje de algodón azul y un par de sandalias.
Media hora más tarde, estaba sentada frente al ayudante del fiscal, en su atestada oficina. Tenía un escritorio, tres sillas y una fila de ficheros de acero gris. Había pilas de expedientes sobre su escritorio, el suelo y encima de los ficheros. A William Murphy no parecía molestarle el desorden, o bien había llegado a acostumbrarse a algo que no podía cambiar.
Murphy, un hombre regordete, medio calvo y de unos cuarenta años, con un marcado acento neoyorquino, daba la sensación de poseer una inteligencia aguda y una gran energía. Después de las audiencias con el gran jurado, Murphy le había dicho que su testimonio era la razón principal por la cual Ted había sido acusado. Sabía que para Murphy eso era un halago.
El hombre abrió un grueso legajo: El estado de Nueva York contra Andrew Edward Winters III.
– Sé lo difícil que esto debe de ser para usted -dijo-, la forzarán a revivir la muerte de su hermana y todo su dolor. Y atestiguará en contra de un hombre a quien quiso y en quien confiaba.
