
A pesar de la humedad sofocante, Elizabeth decidió regresar a su casa andando. Se sentía como uno de esos sacos de arena que van de un lado a otro sin poder evitar los golpes. Sabía que el fiscal de distrito tenía razón. Tendría que haber rechazado la invitación de Min. Decidió que no se comunicaría con nadie en East Hampton. Se alojaría en un hotel y se dedicaría a descansar en la playa durante los días siguientes.
Leila siempre bromeaba diciéndole: «Sparrow, nunca necesitarás a un psiquiatra. Ponte un bikini, vete al mar y estarás en el cielo.» Era verdad. Recordó su alegría al mostrarle a Leila las cintas azules que había ganado en natación. Ocho años atrás, había corrido en el equipo olímpico. Durante cuatro veranos, había enseñado gimnasia acuática en «Cypress Point».
En el camino, se detuvo a comprar lo necesario para una ensalada para la cena y algo para el desayuno. Mientras caminaba, pensaba en lo remoto que le parecía todo. Toda su vida anterior a la muerte de Leila parecía vista a través de la lente de un telescopio.
La carta de Sammy estaba encima de toda la correspondencia que había dejado sobre la mesa. Elizabeth tomó el sobre y sonrió al ver esa letra exquisita. De inmediato, la figura frágil de Sammy se dibujó en su mente: la mirada inteligente, los ojos sabihondos detrás de las gafas sin montura; las blusas con lazo y las chaquetas de lana tejida. Sammy se había presentado por un anuncio que Leila había puesto buscando una secretaria de media jornada hacía diez años y en una semana se había tornado indispensable. Después de la muerte de Leila, Min la contrató como secretaria-recepcionista en el salón de belleza.
Elizabeth decidió leer la carta durante la cena. Sólo le llevó unos minutos cambiarse y ponerse una bata cómoda, preparar la ensalada y servirse un vaso de vino blanco bien helado. «Muy bien, Sammy, es hora de tu visita», pensó mientras abría el sobre.
