
Abrí los ojos y me volví hacia el monitor. Tenía en la pantalla a Homer Simpson tal como aparece en el programa de televisión Los Simpson. Alguien había sustituido la monótona frase del ordenador: «Tiene correo» por el aviso de Homer. Me gustaba. Me gustaba mucho.
Estaba a punto de revisar mi correo electrónico cuando el graznido del interfono detuvo mi mano. Una de las recepcionistas, Wanda, dijo:
– Usted… ejem… usted… ummm. ¡Shauna al teléfono!
Comprendí su turbación. Le di las gracias y pulsé el botón parpadeante.
– Hola, encanto.
– ¡No te molestes porque estoy aquí! -exclamó su voz.
Shauna colgó su móvil. Me levanté y salí al pasillo justo en el momento en que Shauna hacía su entrada desde la calle. Siempre que Shauna entra en una habitación parece que está haciendo un favor a alguien. Shauna era modelo de tallas especiales, una de las pocas conocidas simplemente por su nombre de pila: Shauna. Como Cher o Fabio. Un metro ochenta y cinco y ochenta y seis kilos. Como es lógico, era de las que hacía que la gente se volviera a mirarla, por lo que todas las cabezas de la sala de espera hicieron lo propio.
Shauna no se molestó en detenerse en recepción y las recepcionistas tampoco se molestaron en pararle los pies. Tras abrir la puerta, me saludó con estas palabras:
– ¡A comer! ¡Ahora!
– Ya te dije que estaría ocupado.
– Anda, ponte la chaqueta, que fuera hace frío -dijo.
– Oye, que estoy bien. Además, el aniversario no es hasta mañana.
– No me vengas con cuentos.
Como dudé un momento, supo enseguida que me tenía en el saco.
– ¡Venga, Beck! ¡Nos divertiremos! Como en los tiempos del instituto. ¿Te acuerdas de cuando íbamos a espiar a las calentorras?
– En mi vida he ido a espiar a las calentorras.
– ¡No, claro! La que iba a espiarlas era yo. Anda, ponte la chaqueta.
Ya de vuelta en el consultorio, una de las madres me dijo con una enorme sonrisa, llevándome aparte:
