Un parpadeo hizo que las imágenes se desvanecieran, pero esto no me impidió recordar las risas y los gritos y el chapoteo que rizaba el agua y resonaba en la calma de nuestro lago, y hube de preguntarme si aquellos ecos y ondas del agua se extinguían del todo, si no habría algún lugar del bosque donde continuasen aún rebotando suavemente de árbol en árbol los alegres gritos de mi padre. Un pensamiento tonto pero real.

Los recuerdos, es cosa sabida, duelen. Los buenos duelen más que ninguno.

– ¿Estás bien, Beck? -me preguntó Elizabeth.

– Voy a joderme, ¿de acuerdo? -dije, volviéndome hacia ella.

– ¡Pervertido!

Avanzó camino adelante, la cabeza levantada, la espalda recta. La observé un segundo y me acordé de la primera vez que la vi caminando de aquella manera. Yo tendría siete años y estaba a punto de montar en mi bicicleta -la que tenía el asiento en forma de banana y una calcomanía de Batman-, dispuesto a hacer una incursión a través de Goodhart Road. Goodhart Road era una calle empinada y azotada por el viento, el lugar perfecto para un ciclista exigente como yo. Me lancé sin manos cuesta abajo, sintiéndome todo lo tranquilo y arrollador que puede sentirse un niño de siete años. El viento me echaba los cabellos para atrás y me hacía lagrimear los ojos. Fue entonces cuando descubrí el camión de mudanzas delante de la vieja casa de los Ruskin, me volví y -¡oh, primer impacto!- la vi, vi a mi Elizabeth con su columna vertebral de titanio, tan equilibrada ya entonces, cuando no era más que una niña de siete años con zapatitos de charol, pulsera y muchas pecas en la cara.

Nos conocimos dos semanas más tarde en la clase de segundo de la señorita Sobel y a partir de aquel momento -¡por favor, no se rían!- nos convertimos en amigos del alma.



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