La gente mayor juzgaba nuestra amistad a un tiempo enfermiza y encantadora, una amistad que nos hacía inseparables y que iba camino de convertirse en amor y obsesión adolescente y en las típicas citas puramente hormonales de instituto. Todo el mundo esperaba que nos hiciésemos mayores. También nosotros. Los dos éramos alumnos brillantes, sobre todo Elizabeth, estudiantes por encima de la media, racionales incluso ante un amor tan irracional como el nuestro. Entendíamos las diferencias.

Pues bien, allí estábamos, teníamos veinticinco años, hacía siete meses que estábamos casados y volvíamos al lugar donde, a los doce años, nos dimos el primer beso de verdad.

Vomitivo, lo sé.

Nos abrimos paso a través de las ramas y de una humedad tan densa que se palpaba. El olor pegajoso de los pinos hendía el aire. Avanzábamos con trabajo a través de altas hierbas. Nos seguía como una estela el zumbido de mosquitos y otros insectos que se perdía en lo alto. Los árboles proyectaban largas sombras que uno podía interpretar como quería, igual que cuando buscas un parecido a una nube o a una mancha del test Rorschach.

Dejamos aquel camino y seguimos abriéndonos paso a través de una maleza más espesa aún. Elizabeth abría la marcha. Yo la seguía a dos pasos de distancia, una posición que era todo un símbolo según lo veo ahora. Siempre creí que nada podía separarnos -nuestra historia lo probaba de manera irrefutable, ¿no?-, pero ahora más que nunca soy consciente de que presentí que el origen del problema estaba en arrancar a Elizabeth de mi lado.

Mi culpa.

Elizabeth, al frente, se desvió en ángulo recto al llegar a la gran roca de forma semifálica. A la derecha estaba nuestro árbol. Sí, allí estaban nuestras iniciales, grabadas en la corteza:


E.P.

+

D.B.


Y sí, estaban rodeadas por un corazón. Debajo del corazón, doce rayas, testimonio de cada uno de los aniversarios de aquel primer beso.



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