Ya estaba a punto de soltar una agudeza de las mías acerca de lo repulsivo de todo aquello cuando, al ver el rostro de Elizabeth, las pecas habían desaparecido o apenas se distinguían, la inclinación de su cadera, el cuello largo y grácil, los ojos verdes de mirada decidida, los oscuros cabellos enlazados en una trenza que le caía por la espalda como una cuerda, me detuve. A punto estuve de decírselo entonces, pero algo me contuvo.

– Te quiero -le dije.

– Estás jodido.

– ¡Oh!

– Yo también te quiero.

– Está bien, está bien -dije, fingiendo desconcierto-, también tú lo estarás.

Sonrió pero me pareció ver inseguridad en su sonrisa. La abracé. Cuando ella tenía doce años y por fin hicimos acopio del suficiente valor para pasar a la acción, olí el maravilloso perfume a cabellos limpios y a Pixie Stix de fresa que emanaba. La novedad del acto me conturbó como no podía ser menos, y también la excitación, la exploración. Hoy Elizabeth olía a lilas y a canela. Como una cálida luz, el beso salió del centro mismo de mi corazón. Cuando nuestras lenguas se tocaron, aún me sobresalté. Elizabeth se apartó, falta de aliento.

– ¿Quieres hacer los honores?

Me tendió la navaja y grabé la raya número trece en el árbol. Trece. Al volver la vista atrás, se me antoja que quizá fuera una premonición.

Cuando volvimos al lago ya había oscurecido. La pálida luna rasgaba la oscuridad como un faro solitario. Era una noche silenciosa, ni siquiera se oían los grillos. Elizabeth y yo nos desnudamos rápidamente. Al mirarla a la luz de la luna, sentí un nudo en la garganta. La primera en sumergirse fue ella, apenas una ondulación en el agua. La seguí con torpeza. El agua del lago estaba extrañamente cálida. Elizabeth nadaba con brazadas precisas y regulares, cortando el líquido y abriéndose un camino en él. Yo chapoteaba detrás de ella. Producíamos el ruido que provocan las piedras lanzadas al agua. Elizabeth volvió a mis brazos. Su piel era cálida y húmeda. Me encantaba su piel. Nos abrazamos con fuerza, sus pechos apretados contra mí. Sentía los latidos de su corazón y oía su respiración. Sonidos de vida. Nos besamos. Mi mano se extravió en la deliciosa curva de su espalda.



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