
Cuando terminamos, y todo volvió a su estado normal, agarré un madero que flotaba y me desplomé sobre él. Jadeante, despatarrado, con los pies colgando, oscilantes en el agua.
Elizabeth, enfurruñada, dijo:
– ¡Vaya!, ¿vas a dormir ahora?
– Y a roncar.
– ¡Qué hombre!
Me tumbé boca arriba con las manos detrás de la cabeza. Por delante de la luna pasó una nube que transformó la noche azul en algo pálido y gris. El aire estaba tranquilo. Oí a Elizabeth salir del agua y dirigirse al embarcadero. Intentaba acostumbrar los ojos a la oscuridad. Apenas podía distinguir su silueta desnuda. Era, sencillamente, impresionante. La vi doblarse por la cintura y escurrirse el agua de los cabellos. Después arqueó la espalda y echó la cabeza hacia atrás.
El madero que me sostenía iba a la deriva y alejándose de la orilla. Traté de reflexionar sobre lo que me había ocurrido sin acabar de entenderlo. El madero seguía moviéndose. Empezaba a perder de vista a Elizabeth. Cuando se confundió con la oscuridad, tomé una decisión: se lo diría, se lo diría todo.
Asentí para mí con la cabeza y cerré los ojos. Me sentía un cero. Escuché al agua lamer suavemente el madero.
Entonces oí la puerta de un coche al abrirse.
Me senté.
– ¿Elizabeth?
Salvo mi respiración, el silencio era absoluto.
Volví a buscar su silueta. Era difícil distinguirla, pero la entreví un momento. O me lo figuré. Ya no estoy seguro; ni siquiera sé si importa. En cualquier caso, estaba totalmente inmóvil, tal vez vuelta hacia mí.
Quizá parpadeé -en realidad, tampoco estoy muy seguro- pero, cuando volví a mirar, ya había desaparecido.
