
Mientras metía la ficha en la ranura y se apresuraba para coger el metro hasta la calle Catorce, no advirtió al chiquillo que se colaba por debajo del molinete y le seguía los pasos.
Y los ángeles velando están… Esas palabras familiares parecían burlarse de Catherine, recordándole las fuerzas negativas que amenazaban la complaciente vida feliz que ella había supuesto que tendría siempre. Su marido estaba en el hospital con leucemia. Esa mañana le habían extirpado el bazo, inflamado, como prevención contra una rotura.
Y aunque era pronto para decirlo con certeza, parecía que se recuperaba bien. Sin embargo, Catherine no podía evitar el miedo a perderlo, y la idea de vivir sin él le resultaba casi paralizadora.
"¿Por qué no me di cuenta de que Tom estaba enfermo?", Se preguntó desesperada. Recordó que tan sólo dos semanas antes, cuando ella le pidió que sacara del coche las bolsas de la compra, Tom dudó ante la bolsa más pesada, y luego, con una mueca de dolor, la cogió. Catherine se burló de él.
"Ayer jugaste al golf y hoy te portas como un viejo. ¡Menudo atleta!"
– ¿Y Brian? -preguntó Michael después de echar el dólar en la cesta de la cantante.
Catherine, arrancada de sus pensamientos, miró hacia abajo, a su hijo.
– ¿Brian? -preguntó distraída-. Estaba aquí. -Miró a su lado y después recorrió el lugar con la mirada-. Tenía un dólar. ¿No ha ido contigo a echarlo en la cesta?
– No -dijo Michael cortante-. Quizá se lo haya guardado. Es un gilipollas.
– No hables así -lo corrigió Catherine mientras miraba a su alrededor, con súbita alarma-.
¡Brian, Brian! -llamó. El villancico había terminado y la gente se dispersaba. ¿Dónde estaba Brian? No se habría ido así, sin más.
