
– ¡Brian! -repitió. Aunque ya en voz bastante alta, claramente alarmada. Algunas personas se volvieron hacia ella y la miraron con curiosidad.
– Un niño pequeño -explicó asustada-. Lleva un anorak azul marino y un gorro rojo. ¿Alguien ha visto hacia dónde ha ido? -preguntó con dificultad.
– ¿No habrá ido junto al árbol? Quizá ha cruzado la calle para verlo de cerca -sugirió una mujer. -O tal vez se haya dirigido hacia la catedral -se le ocurrió a otra.
– No, no, Brian no hace esas cosas. Íbamos a visitar a su padre y estaba loco por verlo. Mientras lo explicaba, Catherine supo que algo muy grave había pasado. Sintió que las lágrimas le brotaban y rodaban por sus mejillas. Rebuscó en el bolso un pañuelo y se dio cuenta de que faltaba algo: el conocido bulto del monedero.
– ¡Dios mío! ¡No tengo el monedero! -exclamó.
– ¡Mamá! -Michael había perdido aquel aire de seguridad que se había convertido en su forma de ocultar la preocupación que sentía por su padre. De pronto era un chico de diez años asustado-. Mamá, ¿crees que lo han secuestrado?
– ¡Cómo van a secuestrarlo! Nadie ha podido llevárselo a rastras. Es imposible. -Catherine sintió que se le aflojaban las piernas-. ¡Avisen a la policía! -exclamó-. ¡Mi pequeño ha desaparecido!
La estación estaba repleta. Cientos de personas iban de un lado a otro. Había adornos navideños por todas partes, y un bullicio terrible. Ruidos de todo tipo retumbaban por el enorme vestíbulo y rebotaban contra el techo. Un hombre con un montón de paquetes dio un codazo a Brian en el oído. -Perdona, chico.
Le costaba seguir a la mujer que había cogido el monedero de su madre. La perdía constantemente de vista. Se esforzó por esquivar a una familia con niños que le bloqueaban el paso. Al fin lo consiguió, pero chocó contra una anciana que lo miró de arriba abajo.
– ¡Mira por donde andas! -exclamó ella.
– Disculpe -respondió Brian mirándola.
