
En aquel instante casi perdió a la mujer que seguía, pero volvió a alcanzarla mientras ella bajaba por la escalera y se apresuraba por el largo pasillo que llevaba a la estación de metro. Cuando ella pasó por el molinete, Brian se agachó, pasó por debajo y la siguió hasta el tren.
El vagón iba tan lleno que apenas logró entrar. La mujer estaba de pie, cogida a la barra que recorría el vagón en sentido transversal a los asientos. Brian se situó cerca de ella, y se agarró a una barra. Recorrieron sólo el largo trayecto hasta la siguiente estación donde ella se abrió paso hacia las puertas que se abrían. Había tanta gente que Brian casi se quedó en el tren. Después tuvo que correr para alcanzarla. La siguió mientras la mujer subía por las escaleras que enlazaban con otra línea.
El otro vagón no iba tan lleno. Brian se quedó al lado de una anciana que le recordaba a su abuela. La mujer de gabardina oscura bajó en la segunda estación y él siguió, con la vista fija en la coleta, mientras ella subía casi a la carrera por la escalera de salida a la calle. Emergieron en una esquina muy transitada. Los autobuses circulaban a toda velocidad en ambas direcciones cruzando una avenida antes de que el semáforo se pusiera rojo. Brian se volvió. Por lo que veía, solamente había edificios de apartamentos con cientos de ventanas iluminadas.
La mujer del monedero esperó que cambiara el semáforo para cruzar. Apareció la luz verde y Brian siguió a su presa. Cuando llegaron a la otra acera, ella dobló a la izquierda y caminó deprisa por la acera en pendiente. Brian, detrás de ella, echó una rápida mirada al cartel de la calle. El verano anterior, mientras visitaban a la abuela, su madre había inventado un juego para enseñarle a orientarse en Nueva York.
''La abuela vive en la calle Ochenta y siete. Estamos en la calle Cincuenta. ¿Cuántas manzanas faltan hasta su apartamento?", Le había preguntado. Brian leyó calle Catorce. Debía recordarlo, se recomendó sin perder de vista a la mujer que llevaba el monedero de su madre.
