
El vestíbulo estaba oscuro y sucio, y un olor a comida rancia impregnaba el aire. Delante de él oyó unos pasos que subían por la escalera. Tragó saliva para aguantarse el miedo y, tratando de no hacer ruido, subió hasta el primer rellano. Vería dónde entraba la mujer; cuando lo supiera saldría y buscaría un teléfono.
Pensó que en lugar de llamar a su abuela, llamaría al 091. Eso le había enseñado su madre a hacer, si necesitaba ayuda "de verdad". Pero hasta aquel momento no era el caso.
– Muy bien, señora Dornan, descríbame a su hijo -dijo el policía mientras esperaba que se calmara.
– Tiene siete años y es bajo para su edad -respondió Catherine.
Notaba el tono chillón en su voz. Estaban sentados en un coche patrulla, delante de Saks, cerca del lugar donde se habían detenido para escuchar al violinista. Sintió la mano de Michael que, tranquilizadora, le cogía la suya.
– ¿De qué color tiene el cabello? -preguntó el policía.
– Como el mío-contestó Michael-. Algo pelirrojo. Ojos azules, pecas… y le falta uno de los dientes de delante. Llevamos los pantalones y las chaquetas iguales, salvo que la suya es azul y la mía, verde. Y es flaco.
El policía miró a Michael con expresión aprobadora.
– Eres muy útil, muchacho. Muy bien, señora, ¿ha dicho que le falta el monedero? ¿Cree que se le ha caído o que alguien se acercó a usted? Me refiero a si piensa que ha sido un carterista.
– No lo sé -respondió Catherine-. No me importa el monedero. Pero cuando di dinero a los niños para el violinista, tal vez no lo metí bien en el bolso.
– Estaba bastante lleno, y quizá se me cayó.
– ¿Es posible que su hijo lo recogiera y decidiera hacer unas compras…?
