
– No, no, no -lo interrumpió Catherine con cierto enfado al tiempo que sacudía la cabeza con fuerza-. Por favor, no pierda el tiempo contemplando esa posibilidad.
– ¿Dónde vive usted, señora? Lo digo por si desea avisar a alguien.
– El policía vio la alianza en la mano de Catherine-. ¿A su marido?
– Mi marido se encuentra ingresado en el hospital Sloan-Kettering, muy enfermo. Se preguntará dónde nos hemos metido. De hecho, tenemos que ir a verlo enseguida. Nos está esperando. -Catherine puso la mano en la manija de la portezuela del patrullero-. Soy incapaz de seguir aquí sentada. Tengo que buscar a Brian.
– Señora Dornan, difundiré de inmediato la descripción de Brian. Dentro de tres minutos, todos los policías de Manhattan lo estarán buscando. Ya sabe, quizá se haya alejado un poco y se ha perdido. A veces pasa. ¿Viene al centro a menudo?
– Vivíamos en Nueva York, pero nos fuimos a Nebraska -le explicó Michael-. Venimos a visitar a mi abuela todos los veranos. Vive en la calle Ochenta y siete. Llegamos la semana pasada porque mi padre tiene leucemia y tenían que operarlo. Fue a la facultad de medicina con el cirujano que lo ha operado.
Aunque Manuel Ortiz hacía sólo un año que era policía muchas veces había estado en contacto ya con el dolor y la desesperación, y vio ambas cosas en los ojos de aquella joven señora. Tenía a su marido muy enfermo, y ahora había desaparecido su hijito. Era evidente que en cualquier momento podía sufrir un shock.
– Papá se dará cuenta de que ha ocurrido algo -dijo Michael preocupado-. Mamá, ¿por qué no vas a verlo?
– Señora Dornan, ¿qué le parece si deja a Michael con nosotros? Nos quedaremos aquí, por si Brian trata de volver mientras todos nuestros efectivos lo buscan. Pediré que se haga un rastreo por la zona y usaremos megáfonos para que se ponga en contacto con nosotros, si está perdido por aquí. Haré que un coche la lleve al hospital y la espere allí.
