Todo el mundo cantaba tan alto, que Brian supo que no lo oiría. Mientras miraba a su madre por encima del hombro, dudó un instante.

¿Debía volver corriendo a buscarla? Pero se acordó de la medalla que pondría bien a su padre. Estaba dentro del monedero, y no podía permitir que alguien la robara.

En ese momento, la mujer doblaba la esquina. Y Brian echó a correr para alcanzarla.

"¿Por qué‚ lo he cogido?", Pensaba Cally frenética mientras avanzaba a toda velocidad por la calle cuarenta y ocho en dirección a la avenida Madison. Había abandonado la idea de ir por la Quinta Avenida en busca del vendedor de muñecas ambulante, y se dirigió hacia la estación de metro de la avenida Lexington. Sabía que era más rápido subir hasta la calle cincuenta y uno para coger el metro, pero el monedero le quemaba en el bolsillo como una brasa ardiente y le parecía que todo el mundo la observaba con mirada acusadora. La estación Grand Central estaría abarrotada; cogería el metro allí. Era el sitio más seguro.

Mientras doblaba a la derecha y cruzaba la calle, un coche patrulla pasó por su lado. A pesar del frío, Cally empezó a sudar.

Tal vez el monedero perteneciera a aquella mujer con dos niños pequeños. Estaba en el grupo que tenía al lado. Volvió a repasar mentalmente el momento en que había "birlado" el billetero a la mujer delgada de la gabardina rosa forrada de piel (lo sabía por los puños que llevaba vueltos). Evidentemente era un abrigo caro, así como el bolso y las botas. El oscuro cabello que le caía sobre el cuello del abrigo estaba brillante y cuidado. No parecía que tuviera ninguna clase de problemas.

"Ojalá mi aspecto fuera como el suyo -había pensado Cally-. Tiene más o menos mi edad y mi talla, y casi el mismo color de cabello. Bueno, quizá el año que viene me sea posible comprar ropa bonita para Gigi y para mí."

Después había vuelto la cabeza para echar un vistazo a los escaparates de Saks.



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