Claudia lo miró con un brillo peligroso en los ojos.

– ¿Pero es que no se da cuenta de que ambas cosas están ligadas? Los treinta años suponen una encrucijada en la vida de cualquier persona. ¿O no es así?

– ¿Lo es?

– ¡Claro que sí! Es el momento de decidir lo que uno quiere eliminar de su vida, es el momento de cambiar de dirección, el momento de dejar de ser joven y afrontar la madurez.

– ¿Sabe usted una cosa? Que lo más difícil de creer es que vaya a cumplir treinta años mañana.

Claudia se quedó sorprendida. Sabía que se conservaba muy bien, pero no se esperaba un cumplido de ese hombre. Quizá debería de haber intentado flirtear con él, después de todo.

– Gracias…

– Porque -la interrumpió David- nunca pensé que nadie que pasara de los cinco años pudiera hablar con tal falta de conocimiento.

¡Se acabaron los cumplidos! Claudia lo miró fijamente, tratando de controlarse.

– Supongo que usted no tuvo ninguna crisis a los treinta… ¿O quizá es que ese día está tan lejano que no puede acordarse? -añadió con rencor.

– Estaba demasiado ocupado para tener ninguna crisis.

– Bueno, espere a tener cincuenta. Entonces se dará cuenta de que siempre ha estado tan ocupado trabajando que nunca se ha parado a pensar por qué lo hace. Y quizá ese día también descubra que ya es demasiado tarde para hacer nada al respecto. ¡Entonces estará en crisis!

– Es posible -dijo David, disgustado con lo que ella le acababa de decir-, pero no tengo intención de preocuparme ahora por eso. Además, todavía no he cumplido ni los cuarenta. Me queda un mes para vérmelas con esa crisis.

– ¿De verdad? -preguntó Claudia con un tono insultante-. ¿Cuándo es su cumpleaños?

– El diecisiete de septiembre -dijo, a sabiendas de lo que ella iba a replicar.

– Entonces, es Virgo -asintió Claudia, aunque no estaba segura de qué día los Virgo se convertían en Capricornio. ¿O era en Libra?



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