
David pensó que ésa era la mujer más idiota y exasperante que había conocido jamás. Decidió que no iba a aguantarla más, a pesar de que fuera la prima Lucy.
– Eso es. Ahora, si me perdona, tengo trabajo.
– ¡Por supuesto! -dijo Claudia con un tono de arrepentimiento exagerado-. Siento mucho haberlo molestado. Me limitaré a leer esta revista en silencio y no se enterará de que estoy aquí.
David pensó que eso sería casi imposible. Ella era la típica chica que podía estar en una habitación a oscuras y en completo silencio y aún así molestarlo a uno.
Bajó la vista de nuevo hacia el informe que estaba leyendo, tratando de volver a concentrarse. Claudia comenzó a echarle miradas de soslayo, maravillada de su capacidad de trabajo. También se fijó en la configuración enérgica de su mandíbula.
No era un hombre guapo. Tenía la boca fina y su cara delataba inteligencia, pero había una aire de reserva en él, como si se presentara a sí mismo, de un modo deliberado, bajo llave. No cabía duda de que bajo esa imagen, latía una fuerte personalidad.
Se había quitado la chaqueta y llevaba arremangadas las mangas de su camisa blanca. Claudia notó el vello negro que cubría sus antebrazos y para evitar el contacto con ellos colocó los brazos sobre el regazo. Luego trató de no mirar tan descaradamente, pero pudo ver por el rabillo del ojo cómo le latía el pulso del cuello.
Al mismo tiempo pudo notar que su propio pulso en la garganta, estaba algo acelerado. Debía de estar algo tensa.
¿Estaría David Stirling alguna vez algo tenso? ¿Qué podría hacer que ese hombre perdiera el autocontrol y que su pulso latiese desenfrenadamente?
Al mismo tiempo que pensaba en eso, pasó una página de la revista y vio que había un artículo sobre sexo. No podía leerlo con ese hombre sentado a su lado. El artículo hablaba sobre los placeres sexuales según las diferente edades. Ya no tenía sentido leer lo que decía acerca de los veinte años. Mejor centrarse en lo que decía de las mujeres de treinta años:
