Las mujeres de treinta han dejado atrás todas las inseguridades de las veinteañeras. Tienen más aplomo y se sienten más a gusto consigo mismas.

Han aprendido lo que les gusta y lo que les disgusta, y tienen la madurez, suficiente para dirigir sus vidas.

– Me encantan las mujeres de treinta -dice un hombre de la calle-. Son más interesante que las jovencitas porque tienen algo que decir por sí mismas. Saben lo que quieren y van a por ello. Creo que es con mucho la edad más sensual. Son muchas las mujeres que mejoran de aspecto a los treinta. Conocen mejor sus cuerpo y eso les ofrece un mayor atractivo y seguridad que cuando tenían veinte.


Claudia no se podía creer ese cúmulo de tonterías. Realmente ella sabía exactamente lo que quería aunque aún no tuviese los treinta. Quería llegar a Telama'an y beberse un gin-tonic helado. Objetivos poco ambiciosos para comenzar una nueva década de su vida.

Claudia cerró la revista con un suspiro. David seguía leyendo el informe. Realmente algo no debía de marchar muy bien en un hombre que podía concentrarse de esa forma, pero no se atrevió a interrumpirlo. Seguramente debía de ser porque todavía no tenía la confianza que otorgaba pasar de los treinta. El día siguiente sería diferente.

Miró alrededor en busca de nuevas diversiones. Al otro lado del pasillo iba sentado un musulmán que la miró fijamente con sus ojos oscuros. Claudia le sonrió.

– Disculpe si la he mirado con demasiada fijeza, pero es que no es habitual encontrarse un mujer tan guapa en el viaje hacia Telama'an.

A Claudia le encantó el cumplido. El hombre se presentó a sí mismo como Amil y pronto estuvieron enfrascados en un discreto flirteo.

– ¿Estará usted mucho tiempo en Telama'an?



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