
– ¿De verdad? -fue entonces cuando le tocó el turno de enfadarse a ella y lo miró con el ceño fruncido- ¿Y qué le hace pensar que no he estado en Telama'an nunca?
– He visto su bolsa de viaje -explicó David, haciendo un gesto hacia debajo del asiento-. Nadie que haya estado en el desierto llevaría la mitad de lo que usted lleva.
Claudia se mordió el labio. Estaba empezando a lamentar haber provocado a aquel hombre. ¿Por qué no era un hombre educado y sensible? ¿Por qué no olvidaba el desagradable incidente de Heathrow?
Había habido retraso en el vuelo y los otros pasajeros estaban dando vueltas y quejándose. Los bebés lloraban, los niños se pegaban y los empleados del aeropuerto no paraban de gritarse órdenes con sus aparatos de transmisión, pero el hombre que estaba sentado frente a ella estaba leyendo con una tranquilidad y concentración increíbles.
Era castaño de pelo y tenía uno de esos rostros austeros que no decían nada, pero Claudia, fascinada por su aspecto frío y contenido, había descubierto en él cierto atractivo. Claudia estaba secretamente avergonzada por el hecho de que los viajes la pusieran tan nerviosa. Pensaba que con su edad, veintinueve años, tenía que estar curada de despegues y aterrizajes de aviones. Y, aunque intentaba mantener la compostura por sí misma, descubrió que le daba seguridad mirar a aquel hombre que parecía trabajar tan tranquilo y completamente ajeno al caos que los envolvía.
Claudia estaba acostumbrada a la frenética actividad de una compañía de producción para televisión y vivía bajo una presión continua y un pánico atroz. Ese hombre no parecía saber el significado de la palabra pánico. Posiblemente fuera horrible trabajar con él, decidió. Sería muy eficiente, sí, pero tremendamente aburrido.
