
Por alguna razón, los ojos de Claudia fueron hacia la boca del hombre. Bueno, quizá no exactamente aburrido, corrigió. Nadie que tuviera una boca así podría ser realmente aburrido. Parecía firme y frío, pero su boca hablaba también de algo intrigante y Claudia se preguntó cómo sería su sonrisa.
Fue entonces cuando él miró hacia arriba y Claudia se encontró con un par de ojos grises cuya expresión la hizo ruborizarse. El hombre se inclinó hacia adelante.
– ¿Pasa algo? -preguntó.
– No.
– ¿No se ha vuelto mi pelo azul? ¿No me sale humo de las orejas?
– No.
– Entonces, tendrá que explicarme por qué lleva veinte minutos mirándome así.
Las últimas palabras hicieron que el rubor de las mejillas de Claudia se intensificara.
– ¡Nada! ¡No tengo el menor interés por usted! Estaba… simplemente pensando.
– En ese caso, ¿no podría pensar mirando a otra persona? Estoy intentando trabajar y no es fácil concentrarse con un par de ojos mirándome con ese descaro.
– ¡La verdad es que no sabía que pensar en mis propios asuntos pudiera ser tan molesto para alguien! -dijo la muchacha, levantándose-. Iré a aquel rincón y me quedaré en pie con los ojos cerrados, ¿de acuerdo? ¿O también mi respiración le molesta?
El hombre parecía profundamente irritado.
– No me importa lo que hace o dónde está, mientras deje de mirarme como si estuviera pensando si comerme o no.
– ¿Comerle? ¡Me temo que mis gustos son mucho más agradables! Sólo me serviría para acompañar una taza de café.
Si con eso pensaba enfadarle, había fallado estrepitosamente. El hombre la miró con expresión de incredulidad un momento, luego hizo un gesto con la cabeza, como si pensara que era demasiado estúpida como para seguir hablando con ella, y volvió a sus papeles.
