
Claudia se levantó furiosa con tan mala fortuna que la cinta de la bolsa de viaje que intentaba colocarse en el hombro, se rompió debido al peso y se cayó a los pies del hombre.
No le habría importado que él hubiera dado un salto. No le habría importado que él hubiera dicho algo desagradable o hubiera mirado, o cualquier otro tipo de reacción, pero ni siquiera miró hacia arriba. En lugar de eso, miró unos segundos a la bolsa sin decir nada y luego continuó su lectura. Desde luego, no podía dejar más claro que ella le parecía una persona tan agotadora y tonta que no merecía la pena prestarle ninguna atención.
¿Y qué si pensaba que ella estaba intentando atraer deliberadamente su atención? La idea puso en acción a Claudia, que se agachó y agarró la bolsa por la tira rota. Ésta había aterrizado boca arriba, pero ahí terminaba la suerte de Claudia. No se dio cuenta de que la cremallera estaba abierta y al levantarla, la bolsa se dio la vuelta y el contenido se cayó a los pies del hombre.
A Claudia le pareció que todo sucedía a cámara lenta. Barras de labios, maquillaje, perfume, cepillos de dientes… toda una exhibición de cosméticos aparte de su monedero, la cámara, una almohada de viaje, gafas de sol, carretes de repuesto, una novela, toallitas de papel, bolígrafos, caramelos de menta, un osito de peluche que llevaba siempre de viaje desde niña, llaves, tarjetas de crédito, un pendiente que llevaba años buscando, la fotografía de su querido perro, un broche barato que Michael le había regalado una vez como broma, incluso una muda para el vuelo… Todo cayó alrededor de los pies del hombre y bajo su asiento con total libertad.
Claudia cerró los ojos. “Por favor”, rezó, “que cuando abra los ojos de nuevo, no haya ocurrido nada”. Pero cuando hizo acopio de fuerzas y abrió los ojos, el hombre seguía sentado allí, rodeado por todas sus pertenencias mientras la bolsa vacía colgaba de uno de sus hombros.
