Había un aparcamiento junto a la carretera. Parecía recién construido, habían talado árboles y en tierra quedaban restos de corteza. Había espacio para cuatro coches, pero no había más que uno. Siobhan Clarke estaba recostada en él y cruzada de brazos. Rebus echó el freno y se bajó del Saab.

– Bonito paraje -dijo.

– Llevo un siglo aquí -replicó ella.

– Pues no me parecía haber conducido tan despacio.

Ella se limitó a fruncir ligeramente los labios y se encaminó hacia el bosque con los brazos cruzados. Iba vestida más formalmente que de costumbre: falda negra hasta la rodilla con leotardos negros. Tenía los zapatos manchados de barro de recorrer aquella senda.

– Fue ayer cuando vi el indicador -dijo ella-. El de la calle principal. Y decidí echar un vistazo.

– Bueno, entre esto y Glenrothes, la elección…

– Hay un panel informativo en el claro, que explica la historia del lugar. Toda clase de brujerías a lo largo de los años. -Subían por una cuesta que rodeaba una gruesa encina retorcida-. La gente del pueblo concluyó que lo habitaban duendes, porque se oían gritos en la oscuridad y ese tipo de cosas.

– Seguramente serían los jornaleros -aventuró Rebus.

Siobhan asintió con la cabeza.

– En cualquier caso, empezaron a dejar ofrendas -añadió mirando en derredor-Tú que eres el único escocés presente, ¿sabes lo que significa «clootie»?

A Rebus le vino a la mente la imagen de su madre sacando el pudín de la cazuela. El pudín envuelto en…

– Paño -respondió.

– Y ropa -dijo ella en el momento en que entraban en otro claro.



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