
Se detuvieron y Rebus respiró hondo. Paño mojado…, húmedo, paño podrido. Hacía medio minuto que lo olía. Era el olor que desprendían en la casa de su infancia los paños tendidos si se enmohecían. De los árboles del paraje pendían trapos y jirones de tela y había trozos en el suelo pudriéndose en una especie de mantillo.
– Según la tradición -añadió Siobhan con voz queda-, los dejaban aquí para propiciar la buena suerte. Abrigan a los duendes y ellos impiden las maldades. Otra tradición dice que cuando moría un niño los padres dejaban algo aquí a modo de recuerdo -añadió con voz apagada y aclarándose la garganta.
– No soy tan frágil -dijo Rebus-. Puedes decir palabras como «recuerdo», que no voy a echarme a llorar.
Siobhan asintió de nuevo con la cabeza. Rebus dio la vuelta al claro. Pisaba hojas y musgo blando, se oía el rumor de un arroyo y un sordo borboteo de agua, y había velas y monedas en las orillas.
– No es gran cosa como fuente -comentó.
Ella se encogió de hombros.
– Estuve aquí hace unos minutos y no me gustó el ambiente. Pero advertí que hay algunas prendas nuevas.
Rebus las vio inmediatamente. De las ramas de los árboles colgaban un chal, un mono, un pañuelo rojo moteado y una zapatilla de deporte casi nueva con los cordones fuera. Incluso ropa interior y algo que parecían unos leotardos de niño.
– Dios, Siobhan -musitó Rebus sin saber qué decir. El olor aumentaba. Tuvo otro fogonazo del pasado: después de una borrachera de diez días, hacía muchos años… al descubrir que se había dejado la ropa en la lavadora sin tender, cuando al abrirla le asaltó aquel mismo olor. Lo volvió a lavar todo, pero tuvo que tirarlo-. ¿Y la cazadora?
Siobhan se limitó a señalarla. Rebus se acercó despacio al árbol. El nailon estaba atravesado en una rama corta y el viento lo agitaba suavemente. Estaba deshilachada, pero se veía perfectamente la marca.
– CC Rider -musitó Rebus mientras Siobhan se pasaba las manos por el pelo. Imaginó que se habría estado planteando preguntas, dándoles vueltas en la cabeza mientras estaba esperando-. Bien. ¿Qué hacemos? -añadió.
