– Por así decir.

Rebus metió las piernas en el coche y cerró la portezuela.

– Pues voy a echar un vistazo. ¿Está ahí Macrae?

– Se ha ido al centro de control del G-8 en Glenrothes -hizo una pausa-. ¿Tú crees que puedes intervenir en esto?

– Primero tengo que dar el pésame -respondió Rebus encendiendo el motor-, pero puedo estar ahí antes de una hora. ¿Se puede llegar a Auchterarder sin problemas?

– En estos momentos se vive la calma que precede a la tormenta. Cuando cruces el pueblo busca el indicador de la Fuente Clootie.

– ¿De la qué?

– Mejor será que vengas y lo veas tú mismo.

– Eso es lo que voy a hacer. ¿Está en camino el equipo de la científica?

– Sí.

– Lo que significa que correrá la noticia.

– ¿Se lo comunico al inspector jefe?

– Decídelo tú -respondió Rebus, sujetando el móvil entre el hombro y la mejilla para tomar el laberíntico camino hacia las puertas del crematorio.

– Rompes la camaradería -dijo Siobhan.

«No, si puedo evitarlo», pensó Rebus.


* * *

A Cyril Colliar lo habían asesinado seis semanas antes. Tenía veinte años y había sido encarcelado con una condena de diez años por violación con saña. Cumplida la sentencia le habían puesto en libertad pese a las reservas de la dirección de la cárcel, la policía y los servicios sociales. Sabían que seguía siendo un gran peligro, pues no mostraba remordimientos y negaba su culpabilidad pese a las pruebas del ADN. Colliar regresó a su Edimburgo natal. Toda la gimnasia que había hecho en la cárcel le vino bien, pues trabajó de gorila por la noche y de matón por el día. Su jefe en ambas especialidades era Morris Gerald Cafferty. Big Ger era un viejo malhechor, y fue Rebus quien tuvo que inquirir sobre su reciente empleado.

– ¿A mí qué me cuenta? -había replicado Cafferty.

– Es peligroso.

– Tiene más paciencia que un santo para aguantar su acoso.



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