
– Mala cosa para mi reputación -fue la única reacción de Cafferty-. Porque o atrapa a quien lo hizo…
– ¿O?
Pero Cafferty no necesitaba contestar. Y si Cafferty aparecía como el principal culpable, se la había jugado para siempre.
En ambos casos era mal asunto. La indagación quedó atascada casi por las mismas fechas en que los preparativos del G-8 comenzaban a distraer la atención de todos -en su mayoría animados ante la perspectiva de las horas extra- hacia otros emplazamientos. Y, además, habían surgido otros casos con víctimas, víctimas de verdad, y el equipo que investigaba el homicidio de Colliar quedó disuelto.
Rebus bajó el cristal de la ventanilla, agradecido por la fresca brisa. No sabía cuál era el camino más rápido para Auchterarder; le constaba que a Gleneagles se iba por Kinross y hacia allí se dirigió. Dos meses atrás había comprado un navegador para el coche, pero no había tenido tiempo de leer las instrucciones. Lo llevaba en el asiento del pasajero con la pantalla apagada. Un día de éstos iría al taller donde le habían instalado el reproductor de compactos. Su inspección ocular del asiento trasero, suelos y maletero no le había revelado nada de The Who, y por eso escuchaba a Elbow, una recomendación de Siobhan. Le gustaba la canción Leaders of the Free World. Apretó el botón de repetir: el cantante pensaba que algo se había estropeado después de los años sesenta. Rebus estaba básicamente de acuerdo, aunque lo viera desde diferente perspectiva. Sabía que al cantante le habría gustado más cambio, un mundo dirigido por Greenpeace y los antinucleares, en el que no hubiera pobreza. Él también había participado en alguna manifestación en los sesenta, antes y después de alistarse en el ejército. Era una manera de conocer chicas, cuando menos, y después, generalmente, siempre había una fiesta en algún sitio.
