Pero ahora, él veía los sesenta como el final de algo. Un admirador de los Stones había sido apuñalado en uno de sus conciertos en 1969 y la década echó el cierre. Loa años sesenta habían sido para la juventud una experiencia de rebeldía; no creían en el viejo orden, ni sentían por él el menor respeto. Pensó en los miles que acudirían a Gleneagles y en los enfrentamientos que se producirían.

Costaba imaginarlo en aquel paisaje de granjas y colinas, ríos y glens o vallecitos. Sabía que el emplazamiento aislado de Gleneagles había sido determinante a la hora de elegir la sede de la reunión. Los mandatarios del mundo libre estarían allí seguros para firmar sus decisiones previas. El grupo del disco entonaba un tema sobre un terremoto. La imagen se le quedó grabada a Rebus hasta las afueras de Auchterarder.

No había estado allí nunca. Pero era como si conociera el lugar. Un típico pueblo escocés con una calle principal bien definida, con sus bocacalles, construido según el criterio de que la gente fuese a comprar a los comercios a pie. Tiendas pequeñas, independientes, desde luego; nada susceptible de exacerbar a los manifestantes antiglobalización. En la panadería vendían incluso alguna tarta anti G-8.

Se acordó de que las buenas gentes de Auchterarder habían sido sometidas a investigación, encubierta bajo el pretexto de proveerles de una tarjeta de identidad para cruzar las barreras. Pero tal como le había comentado Siobhan, reinaba una extraña tranquilidad en el pueblo. Sólo se veía a algunas personas de compras y un carpintero que debía de estar midiendo escaparates para instalar tableros de protección. Los coches eran todoterrenos embarrados que probablemente habían rodado más tiempo por pistas rurales que por carreteras. Una mujer al volante de uno de ellos se cubría la cabeza con un pañuelo, algo que Rebus no veía desde hacía tiempo. Al cabo de un par de minutos estaba en el otro extremo del pueblo camino de la A9.



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