– Hábleme del testigo -dijo.

– Bueno, en realidad no es un testigo -aclaró Lucas-. Es la señora Li, su esposa. Entró para llevarle la comida a su marido y lo encontró muerto. La tenemos en la sala de atrás, pero le hará falta un traductor. Hemos llamado a la UDA para que envíen a un chino.

Bosch echó otra mirada al rostro del hombre muerto, luego se levantó y las dos rodillas le crujieron sonoramente. Lucas se refería a lo que se conocía como la Unidad de Delitos Asiáticos. Recientemente había cambiado el nombre a Unidad de Bandas Asiáticas para atender a las quejas de que el nombre de la unidad mancillaba el honor de la población asiática de la ciudad al insinuar que todos los asiáticos estaban implicados en la delincuencia. Pero los perros viejos como Lucas todavía la llamaban UDA. Al margen del nombre o de las siglas, la decisión de llamar a un investigador adicional de cualquier clase debería haberse dejado a Bosch, como jefe de la investigación.

– ¿Habla chino, sargento?

– No, por eso he llamado a la UDA.

– Entonces, ¿cómo sabía que tenía que pedir un chino y no un coreano o incluso un vietnamita?

– Llevo veintiséis años en el trabajo, detective. Y…

– Y conoce a un chino cuando lo ve.

– No, lo que estoy diciendo es que me cuesta aguantar todo el turno últimamente, ¿sabe? Así que una vez al día paso por aquí para comprar una de esas bebidas energéticas que te dan cinco horas de estimulación. La cuestión es que conocía un poco al señor Li de entrar aquí. Me dijo que él y su mujer procedían de China, por eso lo sabía.

Bosch asintió con la cabeza y se sintió avergonzado de su intento de abochornar a Lucas.

– Supongo que tendré que probar una de esas bebidas. ¿La señora Li llamó a Emergencias?

– No; como le he dicho, casi no sabe inglés. Según me han informado, la señora Li llamó a su hijo y fue él quien llamó a Emergencias.



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