Las balas habían atravesado el pecho de la víctima y causado una enorme herida en el corazón y los pulmones. La sangre expectorada revelaba que la muerte no había sido inmediata; Li había tratado de respirar. Después de tantos años trabajando en casos de homicidio, Bosch estaba seguro de una cosa: no había una forma fácil de morir.

– No hubo disparo en la cabeza.

– Correcto -dijo Ferras-. ¿Qué significa?

Bosch cayó en la cuenta de que debía de haber musitado en voz alta.

– Quizá nada. Sólo parece que, con tres tiros en el pecho, el asesino no quería dudas. Pero luego no le disparó en la cabeza.

– Una contradicción.

– Puede ser.

Bosch apartó los ojos del cadáver por primera vez y miró a su alrededor desde el ángulo que le daba esa posición baja. De inmediato reparó en una cartuchera fijada en la parte inferior del mostrador y en la pistola que contenía. El arma estaba situada en un lugar que permitía acceder a ella con facilidad en caso de un atraco o algo peor, pero la víctima no la había sacado de la cartuchera.

– Tenemos una pistola ahí debajo -dijo Bosch-. Parece una cuarenta y cinco en una cartuchera, pero el viejo no tuvo oportunidad de sacarla.

– El asesino entró deprisa y le disparó antes de que pudiera alcanzarla -dijo Ferras-. Quizá en el barrio se sabía que el viejo tenía una pistola bajo el mostrador.

Lucas hizo un ruido con la boca, como si no estuviera de acuerdo.

– ¿Qué ocurre, sargento? -preguntó Bosch.

– La pistola ha de ser nueva -dijo Lucas-. Al tipo lo han atracado al menos seis veces en los cinco años que llevo aquí. Por lo que sé, nunca antes sacó un arma.

Bosch asintió; era una observación válida. Volvió la cabeza para hablar por encima del hombro al sargento.



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