Bosch se limitó a asentir. En realidad, la cuestión no era si su compañero salía antes del trabajo ni si se lo había ganado; era una cuestión de compromiso con la misión de Homicidios, de saber si estaría allí cuando llegara el siguiente caso. Ferras se había pasado nueve meses en fisioterapia y rehabilitación antes de reincorporarse a la brigada. En el año transcurrido desde entonces, había trabajado en los casos con una reticencia que estaba acabando con la paciencia de Bosch. No se mostraba comprometido, y Harry se estaba cansando de esperarlo.

También se estaba cansando de esperar un nuevo crimen. Hacía cuatro semanas que no les asignaban un caso y ya había llegado la ola de calor del final del verano. Bosch sabía, tan seguro como que el viento de Santa Ana sopla por los pasos de montaña, que recibirían un caso.

Ferras se levantó y cerró el cajón de su escritorio. Estaba cogiendo la chaqueta del respaldo de la silla cuando Bosch vio que Larry Gandle salía de su oficina, situada al otro lado de la sala de la brigada, y se dirigía hacia ellos. Como miembro más veterano de la pareja, a Bosch le dieron a elegir cubículo un mes antes, cuando la División de Robos y Homicidios empezó a trasladarse desde el decrépito Parker Center al nuevo edificio de la Administración de Policía. La mayoría de los detectives de grado tres eligieron los cubículos orientados a las ventanas con vistas al ayuntamiento. Bosch optó por lo contrario: cedió la vista a su compañero y escogió el espacio que le permitía observar lo que ocurría en la sala de la brigada. Al ver que se acercaba el teniente, supo de manera instintiva que su compañero no volvería a casa temprano.

Gandle sostenía una hoja arrancada de un cuaderno y tenía un brío extra en sus andares. Eso le bastó a Bosch para comprender que su espera había concluido: allí tenía el caso, el nuevo crimen. Empezó a levantarse.



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