
– No hemos encontrado casquillos -explicó Lucas-. El que disparó los recogió y luego fue lo bastante listo para sacar el disco de la grabadora que hay en la parte de atrás.
Bosch asintió. Los tipos de la patrulla siempre querían ser útiles, pero era información que Bosch todavía no necesitaba y que podía despistarlo.
– A menos que usara un revólver -dijo-. Entonces no habría tenido que recoger ningún casquillo.
– Quizá. Pero ya no se ven muchos revólveres por aquí. Nadie quiere que lo pillen en un tiroteo desde un coche con sólo seis balas en su arma.
Lucas quería demostrar a Bosch que conocía el terreno que pisaba. Harry era sólo un visitante.
– Lo tendré en cuenta.
Bosch se concentró en el cadáver y estudió la escena en silencio. Estaba casi seguro de que la víctima era el mismo hombre que había encontrado en la tienda tantos años antes. Incluso se encontraba en el mismo sitio, en el suelo, detrás del mostrador. Y vio un paquete blando de cigarrillos en el bolsillo de su camisa.
Se fijó en que la mano derecha de la víctima tenía una mancha de sangre, lo cual no le resultó extraño. Desde su tierna infancia, las personas se llevan la mano a una herida para tratar de protegerse y aliviar el dolor; es un instinto natural. Este hombre había hecho lo mismo, seguramente para agarrarse el pecho después de que le dispararan por primera vez.
Había una separación de diez centímetros entre las heridas de bala, las cuales formaban los vértices de un triángulo. Bosch sabía que una rápida sucesión de tres disparos desde cerca normalmente habría formado una figura más cerrada. Este hecho lo llevó a pensar que la víctima había caído al suelo tras el primer disparo. Lo más probable era que el asesino se hubiera inclinado luego sobre el mostrador para disparar otras dos veces más.
