
A Fidel y a Nano se los encontró en la taquilla de las lanchas que cruzaban la bahía a Somo y a Pedreña. Estaban hablando con la de la ventanilla. Jacobo les tocó por detrás.
– ¿Os vais de viaje? -dijo en tono burlón.
– ¿Has visto la marea? Después del Puntal los mejillones estarán cocidos -dijo Fidel.
Fidel tenía la mitad de la cara quemada por una olla de agua hirviendo que le cayó encima cuando era pequeño. Nunca sonreía, porque la mitad de sus labios no seguía la idea. Era más alto que Jacobo y parecía ya un hombre de piel completamente oscura.
– Pero si está subiendo -dijo Jacobo.
– Eso es lo que nos parece -contestó Nano.
Nano tenía la misma edad que ellos, pero no había crecido desde los doce. Trataba de suplir la falta de estatura con una rabia que a veces resultaba peligrosa. A todos los enanos les pasa lo mismo, solía decir Fidel abrazándole con todo su cariño y con toda su fuerza, porque el otro empezaba a soltar golpes cuando lo escuchaba.
– Puede que sea mejor dejarlo -terminó Fidel-. ¿Y qué hacemos?
– Podemos ir a tomar vermut y percebes al Dominó -dijo Nano.
– Estás bueno. Eso sólo podíamos hacerlo de niños, cuando a los gilipollas del ferrocarril les hacía gracia ver cómo nos emborrachábamos -dijo Fidel.
– Sí, ya estamos un poco mayorcitos -coincidió Jacobo.
– Pero era divertido y ahora lo sería más -continuó Nano.
Los otros no le siguieron la corriente. Empezaron a caminar por el muelle hacia el Club Marítimo, echando una ojeada de vez en cuando a las cestas de los que pescaban.
– Podemos ir al almacén de aceitunas -se le ocurrió a Nano.
– Eso también valía de crío. Pero a éste, ¿qué le pasa? -dijo Fidel mirando a Jacobo-. ¿Es que quiere volver a la infancia?
– Nos lo pasábamos bien -contestó Nano retrasándose un poco y haciendo como que miraba algo en el fondo del agua.
Apenas había velas en la bahía. Tres catamaranes del mismo color, una especie de naranja con la matrícula en signos dorados, estaban fondeados al lado de los pilotes del Club Marítimo. Torcieron en Puerto Chico.
