– Vamos a mirar un rato la Gran Cagada.

La Gran Cagada era un barco de recreo de treinta metros de eslora, en forma de hoja y totalmente moderno, que nunca había podido salir a la mar porque le faltaba calado. Según contaban, los dueños lo habían encargado en Barcelona, siguiendo las modas de allí y sin tener en cuenta que el Mediterráneo no es el Cantábrico. Así que el barco se les caía a la menor de cambio. Ahora llevaba dos años anclado y los propietarios habían desistido de intentarlo más veces. Y, lógicamente, nadie había querido comprárselo.

– Podrían venderlo en Cataluña -dijo Fidel.

– A lo mejor allí tampoco flota -contestó Jacobo, fijándose en el delfín de acero que remontaba el hocico del barco, y que le parecía mucho más fascinante que la inutilidad del barco.

– ¿Tú crees que alguien puede comprar un barco tan caro sin preocuparse un poco por lo que está haciendo?

– Supongo que el barco no les importaba mucho.

– Ni el dinero tampoco. Lo lógico es que la gente que tiene mucho dinero no piense nunca en él.

– Cuando se es así, puede que tampoco se piense en nada -dijo Jacobo, que sí pensaba en el delfín.

Nano los alcanzó al final de la conversación. Se hizo un sitio entre los dos y dijo:

– Pues a mí me gustaría tirar cosas. Si fuera rico me pasaría el día tirando cosas.

– ¿Para que las cogieran otros? -preguntó Fidel

– No, sólo me gustaría tirarlas. Y, por si acaso alguien me las agarraba, las destrozaría primero.

Volvieron al Club Marítimo y se sentaron en el dique, con los pies colgando sobre los catamaranes.

– Mañana vas al Santa Clara, ¿verdad? -preguntó Nano a Jacobo.

– Sí.

Se quedaron en silencio mientras veían subir la escalinata del Club a dos muchachas de su edad. Las dos llevaban una coleta rubia y cazadoras de ante.



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