
Ellos sí eran del Barrio Pesquero y sus padres sí eran marineros de verdad. Se habían hecho amigos en la Básica, cuando Jacobo los seguía a todas partes y se quedaba maravillado con sus proezas, que se resumían en una: poder ganarse la vida en cualquier momento. Eso, para alguien como él en aquella época, pegado a Lupe y para el que su padre era un hombre ausente al que temía dejar de ver el día menos pensado, suponía el máximo conocimiento que podía tenerse sobre el mundo. Sabían esperar los barcos que tiraban las gambas, conocían los puestos del mercado en los que aceptaban sus sacas de berberechos o mejillones, tenían un arte especial para cazar transeúntes y meterlos en el Ciaboga o en el Menchu por una digna recompensa, y sabían en general todo lo que conviene saber a quien se levanta todos los días sin tener nada y sin esperar que nadie lo tenga. Jacobo también les había enseñado cosas. Por ejemplo, a sentirse respetados y a no confundir el buscarse la vida con la miseria. Aquel muchacho de piel muy blanca, pelo y ojos castaños, un poco achinados, que se había ido convirtiendo en un tipo largo y fuerte, que siempre había estado solo y que había esperado a su padre todas las noches en el varadero desde que tenía cinco años, nunca había tenido que aguantar de nadie un insulto o una bronca. Fidel y Nano le vieron siempre como a un «niño sagrado» y se sintieron muy bien al comprobar que quería estar con ellos y no con otros. Que les había elegido, en resumidas cuentas. A ellos, que rodaban por el mundo con el aliento del superviviente en la nuca.
El vestíbulo de la estación del Ferry estaba vacío. Jacobo no llegó a entrar. Se dio la vuelta y enfiló por el muelle en dirección a Puerto Chico. A pesar de que era lunes, había gente tirando el sedal a los chapalucos. La mar estaba de acero, plana como una balsa de aceite, y las montañas del otro lado de la bahía soltaban un reluz metálico. Dos remolcadores cargaban con un petrolero hacia el muelle.