– Las hacen a pares -dijo Fidel-. ¿Tú te quedarías con una, Nano?

– No. No sé qué quieren -respondió el bajito un poco confundido.

– ¿Y tú, Jaco?

– Me pasa lo mismo que a Nano.

– Lo digo porque las pijas no tienen ojos. Si te fijas, nunca están mirando nada. Van de acá para allá. Yo nunca las he visto paradas en un sitio -había continuado Nano.

– Tú no puedes entrar en los sitios en los que ellas se paran -dijo Fidel.

– Me da igual. Siguen sin mirar nada.

Los tres volvieron la vista hacia el horizonte de montañas metálicas, que parecían flotar sobre la bahía brillante.

– Ayer no os vi -empezó a decir Jacobo.

– Ayer no estábamos para nada -respondió Nano.

Jacobo les miró. La parte quemada de la cara de Fidel estaba apretada, con su mitad de labio torcida hacia abajo.

– ¿Pasa algo?

– El armador les dijo a nuestros viejos que por lo menos hasta marzo no nos puede coger -contestó Fidel-. Y aquí hemos estado esperando y haciendo el BUP para matar el tiempo. Lo peor es que ahora sacarse la cartilla de navegación es un peligro. Te tragas dos años en la marina de su Majestad. Ni puta idea de qué hacer. Y en la Lonja no hay sitio desde que se inventó. Además, lo lógico es que ahí se queden con los marineros que ya no pueden navegar.

– Y si todavía fuera marzo… Pero esto tiene mal viso. Lo de la Comunidad Europea es un lío para la pesca y cada día dicen una cosa -intervino Nano.

– A mí lo que me jode es lo del BUP. Tres años de mala conciencia y tocando el techo con las orejas de burro, maldita sea.

– Deberíamos haber hecho Formación Profesional -dijo Nano.

– ¿Es que hay rama de merlucero? -contestó Fidel bastante crispado-. Lo que hay ahí sirve para los de la ciudad y para nadie más.

– Podéis seguir estudiando -dijo Jacobo.

Los otros se le quedaron mirando un poco sorprendidos.



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