
– Sabes que no vamos a ir por ese camino. A lo mejor no valemos, o a lo mejor lo único que nos interesa es lo que va por debajo o por encima del agua -dijo Fidel.
– ¿Y tú por qué quieres estudiar? -preguntó Nano, de pronto.
– Yo no quiero estudiar -contestó Jacobo observando la quilla afilada de los catamaranes-. Sólo es una promesa.
Jacobo se dijo a sí mismo que no había hecho esa promesa a nadie, pero que le hubiera gustado hacerla. Tal vez no ésa en concreto, pero sí algún tipo de promesa. Empezaba a tener una vaga idea de por qué a la gente le gustaban las promesas. Y de por qué a él le había gustado decirlo.
Cuando volvió a la buhardilla, a las siete y pico de la tarde, pensando todavía en la promesa, su padre no estaba en la cama. Lo encontró en el bar de Fitu, que estaba debajo de casa, ya un poco pasado de rosca. Había estado jugando al dominó y dándole al Carlos III.
– Vete a casa de Roncal, a por la parte -fue lo primero que le dijo.
– Y luego, ¿dónde te busco?
– Espera, no te vayas todavía.
Su padre tenía las manos temblorosas alrededor de la copa y los ojos aguados.
– ¿Sabes cómo se hacen las partes de una captura?
– Sí -dijo Jacobo-. Acuérdate de que yo llevo las cuentas en casa.
– Entérate bien -siguió diciendo el padre, de todas maneras-. Un décimo para combustible, un décimo para amortización del barco, un décimo para el patrón, cinco décimos para el armador y dos décimos para los marineros y para la Seguridad Social. ¿Qué te parece?
– Lo de siempre.
– Lo de siempre, ya me lo temía yo.
El padre se echó hacia atrás en la silla con bastante incertidumbre. Estaba peor de lo que Jacobo había presentido.
– ¿Y por qué yo no me rebelo? -preguntó tragándose algo que podía haber sido un hipo.
– No sé de qué estás hablando.
– ¿A ti te parece justo?
– No.
