– Entonces, ¿cómo es que no sabes de qué estoy hablando?

Se ladeó sobre la silla con el mismo esfuerzo que si estuviera arrastrando un peso en la cintura y gritó:

– Fitu, arrímame otro.

– Luego te lo llevo -le contestó el gordo de los grandes bigotes desde detrás de la barra.

– Éste ya no quiere servirme. Pero íbamos a una cosa. ¿Por qué yo no me rebelo?

Jacobo no dijo nada. Vio la cara de Fitu mirándoles con pena, no sólo a su padre, a él también. Pero era una pena sin remedio, como si todo lo que habían hecho, como si el haber llegado hasta ahí, no sirviera de nada. Su padre llevaba doce años de marinero y él había crecido grande y fuerte, y a la mañana siguiente empezaría el COU. ¿Fitu no podía ver eso? ¿No podía entender que un marinero se emborrachase y que quisiera hablar con su hijo?

– ¿Por qué no se rebela un hombre? Ésa es la pregunta. ¿Tú qué dirías?

– Porque no tiene a nadie con quien rebelarse, porque está solo.

– Cielos, sí. Magnífica razón, estupenda razón. Aunque, desgraciadamente, no la única. Aparte del con quién, está el con qué. ¿Con qué me rebelo yo? ¿Qué le tengo yo que enseñar a nadie? Es como el enamorarse, Jaco. No se trata de con quién, se trata de con qué. Y yo no tengo nada -a su padre empezaron a temblarle los labios-. Te tengo a ti, pero pido al cielo que tú no seas mío. Que sólo sea tu padre, pero que no seas nada de mí.

El viejo empezó a sollozar de una forma constante, con el silencio anterior, sin moverse.

– Yo no tengo nada. ¿No te das cuenta de que entonces no puedo hacer nada?

Sus ojos y los de Fitu se cruzaron mientras el dueño del bar secaba un vaso. Jacobo creyó que todos se habían callado y que el sollozo y las palabras de su padre planeaban como el humo sobre los demás, y que salían a la calle y que las escuchaban todos los que pasaban por allí. Vio como los labios de Fitu se movían para decir en sordina: tranquilo. Tranquilo.

Estuvo mucho tiempo viendo empapado el plástico viejo y quemado de la cara de su padre. En algún momento dijo:



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