En el Ciaboga, era Fermín el que estaba asando las sardinas y dando voces. Fermín había sido ayudante de cocina de Roncal y, antes de eso, camionero, aunque no tenía más de treinta años. Era alto, grande y rubio como un vikingo, y le gustaba que le mirasen como a un vikingo.

– Si quieres, hoy te las puedes comer aquí. Y me haces compañía un rato -le dijo Fermín antes de que llegara, poniéndole sardinas en un plato de cartón.

– ¿Te echó mucha bronca el jefe el otro día? -preguntó Jacobo subiéndose a una pila de sillas.

– Qué dices, chaval. Lo que pasa es que los jefes tienen que decir esas cosas para sentirse bien, igual que yo te doy a ti las sardinas para sentirme como me da la gana -y echó el cuerpo hacia atrás para reírse como un vikingo atronador.

A Jacobo no le duraron mucho las sardinas. Fermín volvió a llenarle el plato con la pala.

– ¿Estás esperando a tu padre?

– Viene hoy.

– ¿Y no es mejor que le esperes en tu casa?

– ¿Por qué?

– Pues no lo sé.

Y Fermín volvió a reírse. Pero enseguida se puso serio, como para decir algo importante.

– ¿Cuándo empiezas en el colegio ese de niños bien?

– El martes. Me ha tocado allí. Aquí no hay COU.

– Cuídate de los terrícolas. Tienen ideas raras. Creen que la mar la hizo Dios para que ellos pudieran mirar por la ventana.

– Cuando acabe el COU seré marinero.

Fermín pegó un par de voces a la calle, que cada vez estaba más desierta. No era un buen domingo para el barrio. Y septiembre solía ser un mes triste. Del dique del otro lado del campo de cemento subía la niebla y acorralaba los faroles. Un par de coches se movieron en dirección a la Raya.

– A ti la mar te pone enfermo. ¿O es que no te acuerdas del año pasado? -dijo Fermín sin sonreír.

– Hubo temporal.

– Hubo temporal durante medio día, y tú ya no te levantaste de la litera en los otros quince. Menudo susto nos diste. Y además sin carta de navegación y menor de edad. Las ideas de Roncal.



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