
– A ti también te ponía enfermo -contestó Jacobo con resentimiento.
– A mí no me ponía enfermo, chaval. Yo estaba enfermo, que no es lo mismo. El gasoil me mataba los pulmones. ¿Sabes cómo se hace marinera la gente de aquí? ¿No te lo ha contado Roncal?
– Si…
– Los meten en la bajura a los siete años y no los apean del barco hasta que ya no tienen nada que vomitar. Yo los he visto dormidos en la proa y abrigándose con las maromas.
En ese momento sonaron tres bocinazos de sirena.
– Me parece que pueden ser ésos -dijo Fermín.
– No. Ése es el Viantos -contestó Jacobo tirando el plato a un cubo.
– Entonces el otro no andará lejos.
Jacobo bajó de las sillas apiladas.
– Voy a verlos.
– No te enfades conmigo, chaval.
– Me han gustado las sardinas, Fermín. Pero a nadie le gusta escuchar que no sabe lo que quiere.
– No te enfades, chaval. El secreto sigue siendo nuestro.
El Viantos empezó a acostarse por babor. Era uno de los barcos más modernos, casi 500 toneladas, del mismo armador que el Gran Sol Jacobo había subido a él un par de veces con Fidel y Nano, que no andarían lejos. El timón era una pequeña palanca de madera barnizada, y en el puente había sonar, radar de profundidad, piloto automático y hasta sonda en color. También le habían contado que los bancos de peces aparecían señalados en una pantalla oscura, y que el barco podía seguirlos o esperarlos cuando quisiera.
Los motores siguieron rugiendo un rato. Luego, bajó el patrón y entonces empezaron a descargar las cajas heladas. Silenciosamente, aparecieron algunas mujeres que se pusieron a ayudar en el transporte y que casi no mediaron palabra con los hombres.
– Colindres -llamó el patrón a uno de los que estaban descargando-. Vete a por la camioneta y déjala aquí para cuando llegue el Gran Sol.
