El patrón, un hombre huesudo llamado Manrique que vivía en Cazoña, se volvió hacia Jacobo y dijo:

– Al Gran Sol, cuando viraba, se le ha roto uno de los cables de la bobina de arrastre, con la mala suerte de que el contramaestre andaba por allí. Viene con un ojo cegado. Además, han perdido combustible. Creo que no han tenido buen viaje.

Pero el patrón no le hablaba a él, sino a una mujer que había ido llegando por detrás y a la que Jacobo no había visto.

– ¿Está usted hablando de mi marido? -dijo la mujer con firmeza.

– Sí, señora -respondió el patrón con la misma firmeza.

– Muchas gracias -dijo la mujer, que venía vestida con bata y con madreñas.

Jacobo había oído muchas conversaciones como aquélla. Cuando había desgracias, nadie contaba ni preguntaba demasiado. Todos los patrones eran iguales: fríos y callados, vivían en otro sitio y nadie les conocía del todo. Y los que se quedaban en tierra también sabían lo que tenían que hacer en caso de desgracia: guardarse el dolor y no convertirlo en miedo para los otros. Aunque los años se llamaran por los nombres de los muertos o por el de los barcos naufragados.

– El resto de la tripulación está bien -dijo mirando a Jacobo por el rabillo del ojo y entrando en el almacén.

El Gran Sol atracó casi seis horas después, sobre las cinco de la mañana. Jacobo oyó la sirena en sueños, acurrucado en una carretilla.

– Eh, Jaco, eh.

Vio la cara de su padre muy cerca de la suya, mientras trataba de aclararse la vista. Se levantó y vio a Roncal detrás de él, parado.

– Tu padre viene malo -le oyó decir.

– Pero Manrique ha dicho…

– No le ha pasado nada. Sólo viene malo. Nosotros ya nos podemos ir a casa.

Se fueron andando hacia la calle grande. Jacobo cogió el saco de su padre.

– ¿Has bebido mucho? -le preguntó, intentando adivinar algo en la cara, arrugada y quemada como un pergamino, de un hombre mucho mayor de lo que era, en los ojos azules casi escondidos por los párpados, en el pelo rizado, blanco y revuelto.



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