
Su padre no contestó.
– Déjale en paz, de momento. Bastante tiene con llegar a casa. Mételo en la cama y no hagas más. Hemos tenido que subir unos cuantos árboles esta vez. ¿No ha sido así, maestro?
– Sí… -murmuró el maestro.
Roncal miró a Jacobo por detrás del padre con un gesto tranquilizador.
– El martes por la mañana nos vamos a pescar a la roca de Griego -dijo con una sonrisa.
– No puedo. Empiezo el Instituto.
– Supongo que podrás ir solo, pero me gustaría llevarte de la mano. Aunque a lo mejor prefiere hacerlo el maestro. Es un día importante -dijo Roncal.
El maestro iba mirando al suelo. Tosió dos o tres veces y le dijo a Roncal:
– Si mañana se hacen las partes, coge tú la mía.
– Mañana podrás venir tú.
– No estoy seguro.
Roncal se detuvo a la puerta de su casa. Ellos esperaron a que encendiera el puro y a que atravesara el umbral. Un día, Jacobo le había preguntado por qué encendía un puro siempre que llegaba a casa, y Roncal le respondió enigmáticamente:
– Para celebrar que aquí empieza y acaba todo.
Sin saber cómo, desde que el cocinero le contestó eso, Jacobo también comenzó a acordarse de Lupe cada vez que se paraban ante aquella puerta.
Su padre no dijo nada en el camino a casa. Subió las escaleras resollando y tosiendo. Nunca le había visto tan viejo, aunque en realidad nada había cambiado profundamente en aquel rostro desde sus fotografías de joven. No estaba más delgado ni más gordo, ni los huesos se habían deformado, ni las cuencas de los ojos parecían más saqueadas. Y desde los veinticinco años siempre había tenido el pelo canoso. Todo lo que pasaba es que a aquella cara le habían pegado un plástico viejo y que sus cincuenta años podían parecer setenta, como si el gasoil estuviera quemando algo por dentro, todo el tiempo, sin fallar un día.
