
– No hemos visto delfines -fue todo lo que le dijo su padre, ya tapado y en la cama, con los ojos cerrados.
Pero hacía muchos años que Jacobo ya no le preguntaba por delfines cuando volvía del barco.
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Alas once, Jacobo ya no pudo parar más en la cama. Por el tragaluz de su cuarto se veía el cielo gris y estirado de Santander cuando no llueve. Levantó la percha, y entró el ruido de la estación del Norte y de los coches al meterse en el Pasaje de Peña. Se vistió con la misma ropa del día anterior -las zapatillas de lona azul, los vaqueros, la camiseta azul y el chaquetón azul, que ya le quedaba pequeño- y se fue a ver a su padre al cuarto de al lado. Lo de su padre no era exactamente un dormitorio: era la entrada de la buhardilla, donde estaba también la cocina de butano y, al final del techo inclinado, el retrete. La cama estaba separada de lo demás por unos cortinones que en otro tiempo habían sido colchas y que Lupe había arreglado. Había un arco falso, y el sitio parecía una cueva.
El maestro dormía un sueño letal, sin ruido y sin movimiento, en medio del tufo a gasoil. Jacobo le agitó un poco hasta que el hombre rezongó y pareció vivo. Luego, dio un trago de leche de la nevera y salió a la calle. Su padre se despertaría por la tarde o por la noche, aunque muchas veces dormía hasta la mañana siguiente. Pero quería estar allí cuando abriera los ojos y cuando decidiera qué iba a hacer ese día y los otros que le faltaban para embarcarse de nuevo. Normalmente, el Gran Sol nunca permanecía más de dos o tres días en puerto.
Se puso a caminar y al poco tiempo se encontró con que el Ciudad de Plymouth había atracado en la estación del Ferry. Pensó que Fidel y Nano podrían estar por allí, ayudando en el catering o algo por el estilo, a fuerza de ponerse pesados con alguno de los que conocían. Fidel y Nano conocían a todo el mundo en el puerto, seguramente a más gente que él.
