
Consideré cuánto debía contarle. Técnicamente, podía considerarlo como un médico de referencia. O no.
– El deseo de Tanya de verme no tiene nada que ver con el dolor -le dije-, quiere hablar sobre «algo terrible» que Patty confesó in extremis.
Movió la cabeza hacia delante.
– ¿Qué?
– Eso es todo lo que me ha dicho por teléfono. ¿Tiene algún sentido para ti?
– A mí me suena ridículo. Patty era la persona más moral que he conocido. Tanya está estresada. La gente dice todo tipo de cosas cuando está bajo presión.
– Podría ser.
Reflexionó durante un instante.
– Puede que ese «algo terrible» sea que Patty se sentía culpable por dejar a Tanya. O simplemente decía tonterías por lo enferma que estaba.
– ¿La enfermedad afectó su cognición?
– No me extrañaría, pero no es mi campo. Habla con su oncóloga. Tziporah Ganz.
Sonó su busca y leyó el mensaje de texto:
– Unidad de urgencias del Beverly Hills, llegada de infarto en breves momentos… Debo ir a intentar salvar una vida, Alex.
Me acompañó hasta las puertas de cristal y le agradecí su tiempo.
– Por lo que a mí respecta, estoy seguro de que todo este melodrama se quedará en nada. -Encogió los hombros-. Pensaba que el chicarrón y tú estaríais metidos en el juzgado por el resto del siglo.
– El caso se cerró esta mañana. Sorprendentemente se ha declarado culpable.
El busca sonó de nuevo.
– Puede que sea él dándome las buenas noticias… no, más datos de la ambulancia… varón de ochenta y seis años con pulso casi inexistente… al menos hablamos de alguien que ha disfrutado de toda una vida.
Guardó el busca.
– No quiero decir que sirva de algo hacer estos juicios de valor, claro.
– Claro.
Nos dimos de nuevo la mano.
– La principal «cosa terrible» es que Patty se ha ido. Estoy seguro de que todo será por el estrés de Tanya. La ayudarás a comprenderlo.
