
Mientras me giraba para marcharme, añadió:
– Patty era una enfermera estupenda. Tenía que haber asistido a alguna de aquellas fiestas.
Capítulo 3
Mi casa está bastante por encima de Beverly Glen, blanca como el papel y de ángulos afilados, una mancha pálida en el verde. A veces cuando me acerco, me parece un lugar extraño, decorado por alguien frío y poco sensible. En el interior, las paredes son altas y con grandes ventanales, suelo resistente, mobiliario poco estridente para suavizar las esquinas. Un silencio autoritario con el que vivo desde que Robin ha vuelto.
Esa semana estaba fuera, en una convención de lutieres en Healdsburg, mostrando dos guitarras y una mandolina. De no ser por el juicio, habría ido con ella.
Hemos vuelto después de dos rupturas, parece que nos va bien. Cuando empiezo a preguntarme por el futuro, me detengo. Para decirlo de forma elegante, eso es terapia de comportamiento cognitivo.
Junto con su ropa, los libros y sus lápices de dibujo, trajo un bulldog francés color beis de diez semanas y me concedió los honores de elegir su nombre. La perrita crecía rodeada de extraños, así que la bauticé Blanche.
Ahora tiene seis meses y es una bola chata, barrigona y arrugada de serenidad que pasa la mayor parte del día durmiendo. Su predecesor, un semental batallador de manchas llamado Spike murió en paz, de viejo. Lo recogí yo, pero él eligió a Robin como su objeto de deseo. Al menos, Blanche no hacía distinciones.
La primera vez que Milo la vio, dijo:
– Se podría llegar a decir que esta al menos es bonita.
Blanche hizoun sonido parecido a un ronroneo, frotó su huesuda cabeza contra su espinilla y abrió los labios.
– ¿Me está sonriendo o me lo parece a mí?
– Sonríe -respondí-. Lo hace.
