
Se agachó y la miró de cerca. Blanche le lamió la mano, se movió para acurrucarse.
– ¿Es de la misma raza que Spike?
– Se parecen como tú a Robin -dije.
***
Ningún ladrido de bienvenida cuando pasé por la cocina y entré en el lavadero. Blanche estaba durmiendo en su cajón, con la puerta abierta. Mi susurro de buenas tardes le hizo abrir uno de sus enormes ojos marrones. La colilla natural que les sirve de rabo a los bulldog franceses empezó a moverse frenéticamente pero el resto de su cuerpo permaneció inerte.
– Eh, bella durmiente.
Levantó el otro párpado, bostezó, consideró sus opciones. Finalmente, salió y se agitó para despertarse. La cogí y la llevé hasta la cocina. El ruido al abrir el bote de hígado habría hecho que Spike se volviera loco. Blanche me dejaba sujetar el bote mientras ella mordisqueaba con delicadeza.
La llevé a la habitación y la coloqué en una silla. Suspiró y volvió a dormirse.
– Eso es porque soy un tipo superinteresante.
Busqué en el armario del almacén el expediente de Tanya Bigelow, lo encontré en la parte de abajo de un cajón y lo leí por encima. Tratamiento inicial a los siete años, un seguimiento tres años después.
Nada relevante en mis notas. Ninguna sorpresa.
A las cinco y veinte sonó el timbre..
Una joven rubia, de piel clara, con una camisa blanca de cordones y vaqueros ajustados estaba de pie en el rellano de la puerta.
– Está exactamente igual, doctor Delaware.
Aquella niña más pequeña de lo normal se había metamorfoseado en toda una mujercita. Busqué en mi memoria alguna peculiaridad, me acordé de varias: la misma cara triangular, mentón cuadrado, pálidos ojos verdes. Labios temblorosos.
Me pregunto si la habría conocido de verla en la calle.
– Tú has cambiado un poco -dije, haciendo una señal para que entrara.
– Eso espero, por supuesto -replicó-. La última vez era una niña.
