Los antropólogos dicen que el pelo rubio es atractivo porque pocas rubias siguen siéndolo con el tiempo, representa a la juventud. Los rizos amarillos de Tanya se habían suavizado en ondas de color miel. Llevaba el pelo largo, recogido con una cola alta, sujeta con palillos orientales negros.

Ningún parecido con Patty en absoluto.

¿Por qué tendría que haberlo?

Nos dirigimos hacia el pasillo. Mientras nos acercábamos al despacho, Blanche se levantó, se agitó y caminó hacia adelante. La cogí en brazos.

– Ahora sí, algo diferente -apuntó Tanya-. Los únicos animales que tenía la última vez eran aquellos magníficos peces.

– Todavía están aquí.

Se aproximó para acariciar al perro, cambió de idea.

– Su nombre es Blanche. Es muy cariñosa y sociable.

Tanya alargó con cuidado un dedo.

– Hola, guapa.

El cuerpecito rotundo y gelatinoso de Blanche era como el de un cachorro tembloroso. Una nariz húmeda y negra olisqueó en dirección a Tanya. Sus labios carnosos se ondularon.

– ¿Estoy antropomorfoseando, doctor Delaware, o está sonriendo?

– No lo estás, sonríe.

– ¡Qué mona!

– La volveré a dejar en su cajón y empezaremos.

– ¿Un cajón? ¿Es necesario?

– Hace que se sienta más segura.

Me miró dudosa.

– Piensa en un bebé en la cuna -dije- y ahora imagínalo dando vueltas por un espacio abierto.

– Lo imagino -respondió-, pero no la eches por mí. Me encantan los perros.

Tocó la parte superior de la cabeza de Blanche.

– ¿Quieres cogerla?

– Yo… si ella se siente bien.

Blanche aceptó bastante bien el transporte, ni un movimiento. Alguien debería estudiar su cerebro químicamente y empaquetarlo.

– Está tan calentita, eh, guapa, ¿es un doguillo?

– Un bulldog francés. Si pesa demasiado…

– No se preocupe, soy más fuerte de lo que parece.



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