Nos sentamos en unas butacas, una frente a la otra.

– Una piel agradable -dijo ella, acariciando un brazo-. Es como…

Miró hacia abajo, a Blanche.

– ¿La estoy sujetando correctamente?

– Perfecto.

Miró alrededor de la habitación.

– Nada de lo que hay aquí ha cambiado, pero el resto de la casa es totalmente diferente. Era más pequeña. Con madera en los laterales, ¿verdad? Al principio pensé que no tenía la dirección correcta.

– La reconstruimos hace algunos años. Un psicópata tomó la decisión por nosotros, quemando todo lo que poseíamos.

Tanya dijo:

– Resulta sumamente elegante.

– Gracias.

– Bien -contestó-. Aquí estoy.

– Me alegra verte, Tanya.

– Igualmente. -Miró alrededor-. Probablemente piense que debería hablar sobre la muerte de mi madre.

– Si lo deseas.

– En realidad, no, doctor Delaware, no estoy deprimida, esto ha sido una pesadilla. Nunca pensé que viviría algo tan terrible. Pero estoy manejando mi dolor todo lo bien que cabría esperar, ¿suena eso a depresión?

– Tú eres el mejor juez para saberlo, Tanya.

– Bien -asintió-, creo que lo estoy. No reprimo mis sentimientos. Al contrario, lloro. Dios mío. Lloro sin parar. Todavía me levanto por la mañana esperando verla, pero…

Sus ojos se empañaron.

– No ha pasado mucho tiempo -dije.

– A veces parece como si fuera ayer. A veces, es como si nunca se hubiese ido… creo que ya estaba enferma antes de decirlo.

– ¿No se sentía bien?

– Simplemente no era ella en las últimas semanas.

Lo mismo que Rick había dicho.

– No era algo que le impidiese seguir haciendo turnos dobles, cocinar u organizar la casa, pero perdió el apetito y empezó a perder peso. Cuando saqué el tema, dijo que no había ningún problema, que por fin podría estar delgada. Pero eso era lo raro, mi madre nunca había podido perder peso, no importa lo mucho que lo intentara.



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