Estoy preparándome para estudiar Medicina, sé lo bastante de biología como para pensar en la diabetes. Una noche, casi no había tocado su cena, le hablé de lo que estaba pasando. Me contestó que solo era la menopausia, nada grave. Pero ella había empezado con la menopausia dos años antes y las mujeres normalmente ganan peso, no lo pierden. Se lo dije, pero me echó. Finalmente, una semana más tarde, se vio obligada a hacerse un examen.

– ¿Obligada por quién?

– El doctor Silverman notó el amarillo de sus ojos e insistió. Pero incluso con eso, antes de aceptar ver a un médico, se hizo un análisis de sangre en la unidad de urgencias. Cuando llegaron los resultados, el doctor Silverman ordenó un tac. El tumor se encontraba justo en medio del páncreas y había metástasis en el hígado, el estómago y los intestinos. Decayó muy rápidamente. A veces me pregunto si la conmoción de saberlo hizo que se rindiera. O si simplemente era el curso natural de la enfermedad.

Se sentaba con la espalda recta, los ojos secos. Acariciaba lentamente a Blanche. Alguien que no la conociera la habría considerado indiferente.

– ¿Cuánto tiempo estuvo enferma?

– Desde el día del diagnóstico, veinticinco días. La mayoría en el hospital, estaba demasiado débil para vivir en casa. Al principio intentó siempre demostrar su mal genio: se quejaba de que no le llevaban su bandeja a tiempo, decía que aquella flota de enfermeras no era como las enfermeras normales, no le cuidaban lo suficiente. En cada turno, insistía en leer su informe, hacía que la repitieran los controles de sus señales vitales. Supongo que así sentía que seguía teniendo el control. Mi madre siempre fue buena en mantener el control. ¿Le habló alguna vez de su juventud?

– Un poco.

– ¿Lo bastante como para saber lo que le sucedió en Nuevo México?

Asentí con la cabeza.

Apretó sus pequeñas manos.

– Es un milagro que pudiera convertirse en una persona tan maravillosa.



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