
Recitó una media docena de títulos. Conocía cuatro. Dos eran buenos.
– Los encontré en la web, elegí los que mejor aceptación habían tenido. -Se estremeció y siguió-. Solo tengo que superarlo. Pero necesito que me ayude con… Y por favor, perdóneme porque ni siquiera estoy segura de que sea usted la persona con la que debería hablar. -Sus mejillas se colorearon-. Pensé en hablar con el doctor Silverman… me puse en contacto con usted porque mi madre le respetaba. Yo también, claro. Usted me ayudó… -Apretó de nuevo los labios. Golpeó un pulgar con el otro.
Me sonrió.
– No tiene permiso para enfadarse, ¿de acuerdo?
– ¿Por qué debería enfadarme?
– Para ser totalmente honesta, bien, se lo contaré. La verdadera razón por la que estoy aquí es porque usted trabaja con ese detective: el amigo del doctor Silverman. Habría ido directamente a hablar con el doctor Silverman, pero la verdad es que no le conozco tanto y usted era mi terapeuta, así que puedo contarle cualquier cosa. -Suspiró profundamente-, ¿verdad?
– Quieres que te ponga en contacto con el detective Sturgis.
– Si cree que puede ayudar…
– ¿Con…?
– Con la investigación -dijo-. Descubriendo exactamente lo que pasó.
– Ese «algo terrible» que tu madre confesó.
– No fue una confesión, fue como… había intención en ello, doctor Delaware, intención y determinación. Justo como reaccionaba mi madre cuando un problema debía resolverse. Estará pensando que soy ridícula, ella estaba enferma, le había afectado al cerebro. Pero aun estando tan enferma, era evidente que quería que le prestara atención.
– A aquello tan terrible.
Parpadeó.
– Me pican los ojos, ¿tendría un pañuelo, por favor?
