Frotándose los párpados, suspiró.

La nariz de Blanche se hinchó. Tanya la miró.

– ¿Me está imitando?

– Piensa que es empatía.

– ¡Uau! Es la perrita perfecta para un psicólogo.

De repente, sonrió.

– ¿Ella cuándo se saca la licencia?

– Habla con ella -respondí-. Quiere ser abogada.

Cuando paró de reírse, preguntó:

– ¿Qué ha sido eso? ¿Terapia cómica?

– Tómatelo como una pausa para respirar.

– Bien… entonces, ¿puedo contarle exactamente lo que pasó?

Eso es para lo que me pagan.

– Te escucho -contesté.

Capítulo 4

– La segunda semana sufrió mucho -dijo-. Eso era lo más importante para todos menos para mi madre.

– Lo más importante para ella era…

– Acabar de arreglarlo todo. O como ella decía echar los restos al caldero. Al principio, me molestaba. Quería cuidarla, decirle cuánto la quería, pero cuando empezaba a hacerlo, ella cortaba por lo sano. «Hablemos de tu futuro», me decía penosa y lentamente, con dificultad. Ahora pienso en que será un futuro sin ella.

– Puede que eso la distrajera del dolor.

Los músculos alrededor de sus ojos se estremecieron.

– El doctor Michelle, el anestesista, le había enchufado un goteo de morfina. La idea era proporcionarle un flujo constante para que sintiera las menores molestias posibles. La mayoría del tiempo lo cerraba. Oí al doctor Michelle decir a una enfermera que debía estar sufriendo, pero no había nada que pudiese hacer. ¿Recuerda lo obstinada que podía llegar a ser?

– Tenía unas opiniones bien definidas.

– Los restos al caldero -decía-. Ella me enseñaba y yo tenía que tomar notas, había muchos detalles. Era como estar en el colegio.

– ¿Qué tipo de detalles?

– Económicos. La seguridad económica era muy importante para ella. Me habló de un fondo de inversiones que abrió para mi educación cuando yo tenía cuatro años.



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