
Ella pensaba que yo no tenía ni idea, pero yo solía oírla cuando hablaba con su agente por teléfono. Fingí sorprenderme. Había dos pólizas de vida de las que yo era la única beneficiaría. Se sentía muy orgullosa de haber liquidado la hipoteca, de no tener deudas. Entre mi trabajo y las inversiones, podría pagar los impuestos de propiedad y las facturas rutinarias. Me ordenó vender mi coche, de hecho, me indicó el valor de tasación y que me quedara el suyo, que era más nuevo y necesitaría menos mantenimiento. Me detalló cuánto podría gastar mensualmente, me dijo que pasara con menos si podía, pero que siempre fuera bien vestida, las apariencias cuentan. Luego estaban también todos los números de teléfono: agente, abogado, contable, fontanero, electricista. Ya se había puesto en contacto con todos, esperaban a que les llamara. Tenía que hacerme cargo de mi propia vida y ella esperaba que yo fuera lo suficientemente madura para arreglármelas. Cuando llegó a la parte sobre vender su ropa en un mercadillo o en eBay, empecé a llorar y le supliqué que parara.
– ¿Lo hizo? -pregunté.
– Las lágrimas siempre funcionaban con mi madre. Cuando era pequeña me aprovechaba de eso.
– Todos esos planes para tu futuro deben de ser abrumadores.
– Seguía hablándome sobre los impuestos de propiedad y yo pensaba: pronto ya no existirá. Eso la animaba, doctor Delaware, pero era duro. Yo tenía que repetir lo que había aprendido, como en un concurso de música pop.
– Saber que la habías entendido era un alivio para ella.
– Espero que sí. Solo deseo que hubiéramos podido pasar más tiempo… es egoísta, la clave es pensar en la persona que sufre, ¿verdad?
– Por supuesto.
Se abrazó a sí misma con una mano, mantuvo la otra sobre Blanche. Blanche le lamía la mano. Tanya empezó a llorar.
Al soltarse el pelo, dejó caer una melena rubia que sacudió con violencia antes de volver a hacerse el moño y enredar los palillos orientales.