
– Bien -dijo-. Llegaré al punto final. Era viernes por la noche, fui al hospital más tarde de lo normal porque tenía laboratorio de química orgánica y mucho que estudiar. Mi madre parecía tan débil que no podía creer que hubiera cambiado tanto desde la mañana. Tenía los ojos cerrados, la piel color gris verdoso, sus manos eran como paquetes de palillos. Las revistas estaban apiladas a su alrededor, parecía como si se la hubiera tragado el papel. Empecé a asustarme. Abrió los ojos y susurró algo que no pude oír, así que acerqué el oído a sus labios.
Le daba vueltas a uno de los palillos.
– Al principio no pude ni notar su respiración y me alejé, asustada. Pero me estaba mirando directamente, todavía había luz en su interior. ¿Recuerda sus ojos? ¿Lo penetrantes y oscuros que eran? Estaban igual entonces, doctor Delaware, fijos en mí, mirándome. Movía los labios, pero estaban tan secos que el sonido no podía salir. Humedecí una toallita e hice una pequeña doblez con la que la rocé; me incliné y tocó mi mejilla con los labios. Entonces consiguió, de alguna manera, levantar la cabeza para acercarse, así que me incliné más. Pasó una de sus manos por detrás de mi cuello y apretó. Yo podía sentir el tubo del goteo rozando por detrás de mi oreja.
Miró alrededor y siguió:
– Necesito andar.
Colocó a Blanche en el suelo y se levantó. Blanche caminó y se sentó en mi regazo.
Tanya atravesó la habitación dos veces, luego, volvió a su butaca, pero siguió de pie. Se le soltó un mechón de pelo, que le cayó delante de uno de los ojos. Su pecho palpitaba.
– Su respiración era como el hielo. Empezó a hablar de nuevo, pronunciando las palabras con dificultad. Lo que dijo fue: «Actué mal». Luego, lo repitió. Le dije que ella no podría nunca haber hecho nada malo. Habló tan fuerte que me hizo daño en el oído: «Algo terrible, pequeña» y sentí como temblaba su voz.
