
Se reclinó en la butaca, se manoseaba el pelo, jugaba a esconder su mirada tras una cinta de tela larga y gruesa, la dejó caer.
– Después de que te dijera todo aquello, ¿qué dijiste tú? -pregunté.
– Nada, se quedó dormida. Fue como si se hubiera quitado una gran carga de encima y ya pudiera descansar en paz. Fue la primera vez desde que estaba hospitalizada que parecía tranquila. Me senté allí un momento. Entró su enfermera, comprobó sus señales vitales y abrió el goteo de morfina, dijo que estaría fuera de juego otras seis horas, que podía irme y volver más tarde. Me quedé por allí un poco más y al final me fui a casa porque tenía que estudiar para un examen.
Una de las manos arañaba el brazo de la butaca.
– La llamada llegó a las tres de la mañana, nos había dejado mientras dormía.
– Lo siento mucho, Tanya.
– Me dijeron que no había sufrido. Me gustaría pensar que se fue en paz porque fue capaz de expresar todo aquello antes de morir. Necesito honrar su memoria y seguir con esto. Desde que murió, he estado reviviéndolo cada día de mi vida. «Algo terrible.» «Lo maté. Cerca.» A veces parece ridículo, como una de esas escenas cursis que se ven en las películas antiguas: «El asesino es…» y luego la persona da un paso atrás y cierra los ojos. Pero sé que mi madre no habría perdido el tiempo y la energía que tenía si no fuera importante. ¿Hablará con el detective Sturgis?
– Naturalmente.
– Puede que si le dice cómo era mi madre, no pensará que estoy pirada. Estoy tan contenta de haber venido a verle. Usted sabe que ella era mucho más que la mejor de las madres. Yo no salí de su vientre y cuando Lydia me abandonó, lo más fácil habría sido mandarme fuera, a alguna parte, y haber seguido con su vida. En lugar de eso, me dio una vida.
– Tú le diste sentido a su vida, también.
– Así lo espero.
